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La delgada línea entre el cielo y el infierno.

Days of heaven

Muchos de los que recuerdan a Days of heaven (o Días de cielo) lo hacen pensando en esos extensos latifundios de Texas, en esa casa en mitad de la nada evocándonos al pintor Edward Hopper, o esos paisajes dignos de un cuadro impresionista; todo esto nos dice que nos enfrentamos a una película muy visual, y así es Terrence Malick el director de la misma, un gran admirador de la naturaleza que no puede hacer un film sin que esta esté presente, y más si en este caso cuenta con el apoyo del director de fotografía español Nestor Almendros, que pudo traducir a imágenes la mirada de Malick. Todo esto tiene un precio, sacrificas algo para conseguir otra cosa, y precisamente también del concepto de “sacrificio” hablaremos en este breve análisis.

Me gusta esta película porque trata grandes temas, es por así decirlo un film muy bíblico con una intención moralizadora pero para nada persuasiva. Empiezo con la culpa, la culpa se refleja en Abby (interpretada por Brooke Adams) con el amor dividido entre dos hombres y a la vez incapaz de hacerle daño a cada uno; la pobreza y la miseria, que obliga a Bill (Richard Gere) y sus cercanos a huir de la industrial Chicago a buscar trabajo como jornaleros en la gran cosecha de Texas, y precisamente esta condición les lleva a jugar un teatrillo que les costará muy caro; la belleza en la naturaleza, antes nombrada, pero que Malick la lleva un paso más allá y hace de ella el tema recurrente en casi toda su filmografía, sería más correcto decir: “la belleza de la naturaleza en contraposición a la crueldad del hombre”; no se dice de forma explícita pero el tema del “bien y el mal” queda evidente, de forma indirecta el cineasta nos muestra cada uno de los dos extremos, extremos sí, pero inseparables; y ya para acabar con este apartado, me queda hablar del sacrificio, y este es el pilar fundamental de este film: todo tiene un precio y querer estar en el sitio que no nos corresponde conlleva un gran sacrificio, las ganas de Bill de querer escapar de la miseria le lleva a él, su amada Abby y su hermana pequeña Linda a adentrarse al paradisiáco mundo del terrateniente para el que han trabajado (interpretado por el excelente Sam Shepard) a base de una gran mentira, que no tarda en ser descubierta y acaba convirtiendo ese cielo en un infierno. Y esta es la gran moraleja de la película: lo que separa el cielo del infierno es tan sólo una delgada línea y que ambos mundos pueden coexistir en la Tierra.

El Ángelus de Millet.

Existe un elemento que me llamó mucho la atención, y es la mirada con que se narra este relato, que no es más que el de Linda, la mirada de un niño, el niño Malick. La historia es contada con cierta nostalgia y con un espíritu positivo, recordando unos “días de cielo” que nunca volverán, una visión pura, sencilla y sincera. Y seguramente gracias a esta sencillez (que no simplicidad) vemos tan claro los conceptos dicotómicos del bien y del mal.

Uno no puede ver Días de cielo sin pararse a pensar en el gran número de referencias que se encuentran implícitas en esta obra, alusiones tanto bíblicas como artísticas. Una de las referencias más claras es Casa junto a la vía del tren (1925) del pintor estadounidense Edward Hopper; tenemos otras como El Ángelus (1857-1859) de Jean F. Millet o Los picapedreros (1849) de Gustave Courbet. En el terreno bíblico tenemos un alusión muy clara en la secuencia de las langostas como si fuese la octava plaga, o cuando Linda en su voz en off recita parte del capítulo 11, versículo 21 del Deuteronomio: “Así mientras haya cielo sobre la Tierra, durarán tus días y los de tus hijos en el suelo que el Señor juró dar a tus padres”.

Casa junto a las vías del tren. Edward Hopper

Días de cielo significa para Malick y la historia del cine una pausa, una pausa que llevaría a este director a retirarse durante veinte largos años para después volver con fuerza y realizar grandes films como La delgada línea roja (1998) o El nuevo mundo (2005). ¿Por qué habrá pasado? No lo sabemos con seguridad, sin embargo, de lo que sí estamos ciertos es de que tenemos entre manos a un gran cineasta que aún no ha dicho su última palabra, ¿cuándo volveremos a ver otra película suya? ¿el año que viene? Eso parece, sea como sea, no nos cabe la menor duda de que será otra gran aportación a nuestra amada y querida historia del cine.

Los picapedreros, Courbet